En el primer artículo nos quedamos con la reina D. Petronila de Aragón, casada con el conde D. Ramón Berenguer. De su unión, nació un heredero que llegado el momento ascendió al trono de Aragón. Su nombre Jaime I, que llevaría por apodo El Conquistador.
Nótese que hemos hablado del trono de Aragón, pues D. Jaime era Rey de Aragón y ostentaba por derecho paterno, el de Conde de Barcelona.
Así pues, el buen rey era, por avatares de la herencia, vasallo del rey francés. Deuda adquirida por derecho sucesorio y medieval, desde los tiempos de Carlomagno. Entre las posesiones originarias del reino de Aragón, se encontraba una franja de territorio incrustada más allá los Pirineos, en la parte de la actual Francia: el Rosellón, la Provenza, y vasallos en el mediodía francés; los cuales, tras ser debidamente cepillados y excomulgados a la altura de la nuez, en la batalla de Muret, por mor de eliminar la herejía albigense y el catarismo, y con la anuencia y bendición del Papa del momento, habían pasado a engrosar el territorio del reino.
La situación era complicadilla, pues a ojos del francés, el reino barrado poseía buena parte del territorio allende las montañas, mientras que por otro lado, como conde de Barcelona le debía obediencia al rey franco. Pónganse en la diplomacia del momento, dos reyes con intereses contrapuestos, con una relación de vasallaje del aragonés, con su supuesto señor feudal, y como en esos tiempos, los franceses habían perdido el poder militar del imperio carolingio, no podía hacer valer ese vasallaje. Además, en el tiempo que el aragonés reinaba, se había ampliado la parcela, incluyendo la infraestructura para el turismo moderno.
D. Jaime haciendo honor a su nombre, se apropió de las Islas Baleares, incorporándola a su corona como reino de Mallorca. Después, cumpliendo con una ilusión que tenía desde chavalín, se adueño del reino de Valencia. En todo ese tiempo, las barras de Aragón dominaron el Mediterráneo, sobre genoveses, franceses, pisanos y mahometanos, haciéndole fuerte competencia a los venecianos.
Visto el resultado, el rey francés siguiendo los buenos consejos de sus asesores, decidió resolver el asunto del vasallaje, tirando por la calle de enmedio, no fuera a darle la tramontana al aragonés, y tirase hacia el norte, con almogávares incluidos en la comitiva.
El 11 de mayo de 1258, se firma el Tratado de Corbeil con el rey Luis IX de Francia, por el que este, reconocía los derechos de D. Jaime sobre Rosellón, Conflent, Cerdaña y los condados catalanes (Barcelona, Urgel, Besalú, Ampurias, Gerona y Vic). Así el de Aragón, era dueño de pleno derecho de esos territorios. A cambio, el francés, creo que con ayuda del druida galo de turno, se quedó con la zona del Mediodía, siendo el causante directo de que dos generaciones de españolitos fueran a ponerse morados, viendo el muslamen de las chicas de las pelis de arte y ensayo, en un Perpignan del otro lado de la frontera. De propina, a la reina gala le cedió los condados de Provenza y Folcalquier, las posesiones del marquesado de Provenza y los señorios de Arles, Marsella y Aviñon.
Como prenda del tratado casose la Infanta Isabel de Aragón con Felipe, el hijo de San Luis, quien debía ser un santo para soportar sin mosquearse, a que vino tan espléndido regalo que le hizo el consuegro a su media naranja.
Con este sencillo trámite, D. Jaime ya podía escribir tranquilito sus titulos de señorio, los cuales, tal como demuestran los escritos, que hizo tan aguerrido y noble rey, eran por orden de aparición, en la firma, los siguientes:
Rey de Aragón, de Mallorca, de Valencia, conde de Barcelona y de Urgel y señor de Montpellier.
Esta claro como el agua, nunca hubo un reino catalán. Los condados catalanes sólo fueron eso, condados. No ha habido nunca paises catalanes, el único y verdadero reino es el de Aragón. Alguno dirá que Valencia y Mallorca también lo fueron, pero ambos pertenecieron desde la conquista de D. Jaime, a la corona de Aragón.
En la tercera entrega , hablaremos de las vicisitudes posteriores, que no fueron pocas.
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