lunes, 13 de abril de 2020

QUO VADIS HISPANIAE


    Escribo esto cuando nuestra nación pasa por una de las pruebas más duras que se le ha presentado a lo largo de su dilatada Historia. En medio de una pandemia globalizada por las facilidades que da la sociedad del siglo XXI, se impone una seria reflexión sobre lo ocurrido y sobre nuestro futuro.

    No voy a hablar de la falta de acción, la imprevisión y la nefasta gestión de los gobernantes, aunque sean causa directa para que el virus se haya expandido sin freno durante las primeras fases del contagio.

    Quiero hablar del exceso de confianza, la soberbia de nuestros políticos y de una sociedad acostumbrada a creer que nuestras más ínfimas necesidades estaban protegidas y cubiertas de todo trance. Creíamos tener una sanidad insuperable, un acceso a cualquier artículo garantizado en nuestra soberbia consumista, y unos derechos irrebatibles para gozar del cuerno de la abundancia de la sociedad moderna.

    No basta con poner cara de cabreo y echar pestes sobre la sociedad depredadora de nuestro planeta en la que nos hemos convertido; hacen falta medidas y compromiso para cuidar de nuestro entorno, que es nuestro ecosistema natural.

    ¿Cómo hacerlo?  ̶ se preguntará el lector.

    Con control de lo que hacemos. Nos pasamos la vida hablando de ecología, de derechos sociales, de guerras, pero somos incapaces de ver lo obvio. La naturaleza en constante evolución, conocida desde los estudios de Darwin, tiende a controlar sus leyes, aún a costa de nuestra presencia. La humanidad como especie se ve amenazada por causas naturales y por la provocada por su propia soberbia.

    Pocos seres vivos sobre nuestra esfera verdiazul llegan a crear armas con las que exterminar a sus congéneres y destruir el planeta varias veces. Durante la Guerra Fría, el reloj de la catástrofe estuvo a minutos de la extinción de la humanidad, varias veces, y si hoy se encuentra a horas, no es porque hayamos mejorado mucho, sino porque nuestra ciencia aplicada a la guerra está más diversificada, y hemos entrado en lo que los estrategas llaman guerra asimétrica.

    El virus de nuestras penas, verdadera peste del siglo XXI, ha llegado como por ensalmo a una forma perfecta diseñada para maximizar el contagio, aunque hay muchas voces que abogan porque tal cualidad procede de un laboratorio humano, introduciendo una nueva ecuación en el conflicto bélico por la supremacía mundial.

    No quiero entrar en esa polémica, aunque es muy extraño que esta pandemia haya venido de la mano de un conflicto económico entre las potencias del mundo: USA y China. Si se descubriese que tras este desastre está la mano del hombre, el futuro es más negro que el sobaco de un grajo, porque hay muchas naciones que no han firmado el convenio para la limitación de uso de armas biológicas, dejando la puerta abierta a su uso en conflictos futuros.

    Ustedes no sé, pero a mi me preocupa bastante que algún político suelte una cepa especialmente virulenta de cualquier bacteria para cepillarse a quien le moleste para quedarse con la mayor venta de pepinos, por poner un ejemplo.

    Cuando salgamos de este desastre, lo haremos con preocupación, con medidas de protección y con la sensación de inseguridad a flor de piel, por culpa del trauma sufrido. Eso nos debería enseñar para el futuro, aunque por desgracia, somos humanos y nuestra memoria se adormece en la falsa sensación de seguridad de la vida llena de comodidades.

    Debemos ser activos y vigilantes, buscando que nuestra sociedad se proteja con medios de prevención, con un mayor control de la circulación de tan peligrosos organismos y con una mejor elección, de en quienes depositamos nuestra confianza para que nos dirijan en momentos de necesidad. Después de todo, el líder debe demostrar su valor en los momentos difíciles, no en los breves remansos de bucólica armonía.

    Dejémonos de preocuparnos por banalidades y seamos responsables con la preservación de la humanidad y con nuestro hábitat. Si además de eso, aprendemos de las lecciones sobre las sociedades e ideologías fallidas, estaremos en condiciones de afrontar los nuevos tiempos con la confianza de mejorar el legado recibido, después de todo somos únicamente inquilinos del Universo.